Aunque muchos piensan que las tradiciones campesinas viven solamente en los campos lejanos o en los pueblos rurales, cada cierto tiempo la ciudad sorprende con celebraciones que mantienen vivo ese espíritu. Una de ellas es la romería hacia la histórica Ermita del Rosario, en Lo Barnechea (región Metropolitana), una manifestación de religiosidad popular que cada año reúne a jinetes, cuasimodistas, vecinos y autoridades locales en un recorrido que une tradición, fe y paisaje cordillerano.
Este año decidimos acompañar esta particular peregrinación que comienza en la Plaza San Enrique y que avanza por el conocido camino a Farellones, el mismo que conduce a los centros de esquí de la zona.
Romería a la Ermita del Rosario en Lo Barnechea: Una romería en plena ciudad
El viaje comienza temprano. Aunque no se abandona Santiago, el trayecto ya marca un contraste. Autopistas elevadas, túneles y edificios dominan el paisaje urbano antes de llegar al punto de encuentro.
En la plaza ya se reúnen numerosos jinetes y familias completas a caballo. La jornada se inicia con el rezo del rosario, acompañado por décimas de cantores a lo divino de la zona. Luego el párroco impone escapularios de la Virgen del Carmen, mientras los participantes se preparan para iniciar el ascenso hacia la cordillera.
Entre los asistentes destacan cuasimodistas con sus tradicionales pañuelos —símbolo del respeto a la sagrada Eucaristía— y socios del Club de Huasos El Rincón de Los Sauces de Lo Barnechea.
Uno de los momentos más simbólicos es el paso de una antigua imagen de la Virgen del Carmen transportada sobre una mula, evocando el antiguo mundo arriero que durante generaciones transitó estos caminos llevando víveres hacia las veranadas cordilleranas.
La subida por el camino a Farellones
La romería comienza a subir lentamente por el camino a Farellones. Es una ruta conocida por quienes visitan la montaña los fines de semana, llena de curvas y tráfico de excursionistas y ciclistas.
Pero ese día el ritmo es distinto. La caravana avanza con calma, entre rezos, cantos y cuecas que se interpretan en las distintas estaciones del recorrido.
Vecinos del sector preparan pequeños altares donde se detiene la columna para rezar, cantar y bailar esquinazos folclóricos. En cada parada se suman más personas a la procesión, reforzando el sentido comunitario de la romería.
Durante el recorrido conversamos con Pedro Antonio Gatica, presidente del Club de Huasos El Rincón de Los Sauces, uno de los impulsores de esta actividad, y también con el alcalde de Lo Barnechea, Felipe Alessandri, quien destacó la importancia de mantener vivas estas tradiciones en la comuna.
Una tradición con más de un siglo de historia
La romería tiene su origen en el siglo XIX. La Ermita del Rosario fue construida en 1886 por el diputado conservador Pedro Fernández Concha, quien también fue responsable —junto a su hermano Domingo— de la construcción del Portal Fernández Concha en la Plaza de Armas de Santiago.
Según relata la tradición, Fernández Concha sobrevivió milagrosamente junto a su familia cuando el precario puente que cruzaban a caballo cedió sobre el río. En agradecimiento mandó construir esta ermita en el sector donde ocurrió el accidente.
Durante años se organizó una concurrida romería que llegó a reunir cerca de mil jinetes. Con el paso del tiempo, y tras la venta de los terrenos, la tradición fue perdiéndose hasta quedar prácticamente en el olvido.
Hace algunos años un grupo de cuasimodistas decidió rescatar esta antigua costumbre. Convocaron a clubes de huasos y vecinos del sector, logrando reactivar la romería con apoyo municipal.
La llegada a la ermita
Tras casi tres horas de subida la caravana alcanza finalmente el otero donde se encuentra la Ermita del Rosario.
El lugar guarda un detalle geográfico interesante que muchos desconocen: desde aquí se domina la confluencia de los ríos Molina y San Francisco, punto donde nace el río Mapocho.
Allí, frente a la pequeña ermita y con la cordillera de fondo, se celebra la santa misa que marca el cierre de la romería.
Una tradición que demuestra que incluso en medio de la gran ciudad todavía hay espacio para la fe, los caballos y las costumbres que forman parte de la identidad cultural de Chile.
